Quizás sea otro síntoma de vejez, pero la segunda mitad de 2009 no me parece tan lejana. En esa época Robert S. Boynton –director del Programa de Reportaje Literario de la Universidad de Nueva York– nos firmaba la edición chilena de “El nuevo nuevo periodismo” (editado originalmente en 2005) a los alumnos del Magíster de Periodismo Escrito PUC/El Mercurio. Tanto en el libro como en el seminario que dictó nos entusiasmó con estas nuevas formas de periodismo que evolucionaban desde la raíz del manifiesto de Tom Wolfe: “El ‘Nuevo nuevo periodismo’, rigurosamente reporteado, psicológicamente astuto, sociológicamente sofisticado y políticamente consciente, bien puede ser el avance más popular e influyente en la historia de la no ficción literaria estadounidense”. Nos instaba a ser como esos nuevos nuevos periodistas. “…Ni novelistas frustrados ni reporteros díscolos de periódicos, ellos son más bien escritores de revistas y de libros que se han beneficiado enormemente tanto de la legitimidad que el legado de Wolfe dio a la no ficción literaria, como de la coincidente destitución de la novela como la forma más prestigiosa de la expresión literaria”. A pesar de las muchas referencias a la literatura, el libro es un compendio de entrevistas con autores como Jon Krakauer o Susan Orlean, con énfasis en estrategias y técnicas reporteriles más que en peripecias del lenguaje y las formas.
Por supuesto que Robert S. Boynton, Gonzalo Saavedra, Francisco Mouat, Raquel Correa y Paula Escobar –por nombrar algunos de los profesores más memorables que tuve en el magister– no podían asegurar que me iba a jubilar haciendo ese tipo de trabajo periodístico, pero el incentivo en mis años de formación estaba puesto en ese tipo de resultados; hablábamos muy poco o nada de nuevos formatos o medios y confiábamos en que el sábado o el domingo en la mañana la gente iba tener tiempo para “disfrutar” el contenido que habíamos desarrollado. Seguramente el avisaje ya no era el mismo de otros tiempos, nos fuimos habituando a ver más revistas corcheteadas y cada vez menos lomos, pero seguía siendo suficiente como para mantener ciertos números en los equipos de trabajo, los que siguen reduciéndose, al punto de que actualmente figuro como el único periodista en el colofón de MásDeco. Supongo que eran los tiempos que Pablo Mancini describe como una convivencia entre lo viejo y lo nuevo en su libro “Hackear el periodismo”, publicado en abril de 2011. Creo que el momento de reconocer que que estamos ofreciendo un producto de otra época a una generación de hábitos y costumbres nuevos, que no sabemos cómo actualizarlo, que estábamos produciendo medios periodísticos para una audiencia menos interesada en ellos, que no tiene el tiempo (o lo quiere usar de otra manera) llegó para los medios escritos en Chile con un cierto retraso.
Me gusta mucho lo que dice Mancini sobre el tiempo de las audiencias. Concuerdo en que es lo más valioso que pueden entregar a un periodista o a un medio. Como todos, puedo atestiguar sobre las limitaciones que ha sufrido mi tiempo disponible para consumir medios, tanto escritos como audiovisuales, y por supuesto en este momento de aforos máximos lo veo fragmentarse aun más en dispositivos móviles durante colas y tiempos de espera. Me parece excitante la perspectiva de que nunca antes en la historia de la humanidad había habido tantas personas consumiendo información como ahora, pero sigo dudando de la efectividad de estas “píldoras” de información que se pueden consumir en cualquier momento y lugar; me parece menos probable todavía que estas puedan ofrecer algún tipo de disfrute tanto en su producción como consumo.
¿No podemos negociar?
En la primera clase del módulo de ‘Fundamentos de la comunicación digital’ se mencionó una especie de revalorización de la pirámide invertida y por un instante tuve la sensación de que había sido un error entrar a este programa, que la conclusión sería que no hay salvación para “la escritura” –o lo que El Semanal de La Tercera ofreció como “la pluma” en su brevísima existencia–, pero en esa misma presentación vimos ejemplos como “Dueños del agua”, de OjoPúblico, o “Snow Fall”, de The New York Times, y empecé a entusiasmarme con las posibilidades de trabajar en transmedia. En “La reinvención de The New York Times”, de Ismael Nafría, leemos que para continuar siendo el medio más influyente del mundo tuvo que tomar varias medidas importantes, como cambiar el modelo de negocios, aceptando que los usuarios aportan más que los anunciantes, o adaptar sus equipos a la era digital y móvil. Pero en primer lugar estableció no bajar su decidida apuesta por el periodismo de calidad y por ofrecer un producto informativo y de servicio imprescindible en la vida de sus usuarios.
Al menos yo asocio periodismo de calidad con reporteo riguroso, cierto grado de sofisticación y astucia con conciencia política. Tengo la seguridad de que un niño de 7º básico puede preguntar ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿con quiénes? Me saqué un siete cuando me dieron como tarea entrevistar a un bombero a esa edad.
Hace unos días me compré en formato libro electrónico “Biografía del hambre”, de Amelie Nothomb (por $4.900, mientras los libros de escritores contemporáneos como ella cuestan tres veces más; realmente no sé si volveré a comprar libros físicos ahora), y me encuentro con frases que me hacen pensar que existen distintos apetitos y que todos los tenemos en distintas medidas. “… desde muy joven tuve la lamentable impresión de no recibir nunca la porción congrua. Cuando la pastilla de chocolate había desaparecido en mi mano, cuando el juego terminaba sin ansia, cuando la historia se acaba de un modo tan insuficiente, cuando la peonza dejaba de girar, cuando no había más páginas en el libro que, sin embargo, apenas me parecía iniciado, algo se rebelaba dentro de mí. ¡Qué pasa! ¡Menuda estafa!”. Entiendo que seguramente no somos un segmento significativo, pero creo que existe gente que se puede dar por enterada sobre un acontecimiento a través de un tuit, incluso informada, pero no satisfecha.
Mancini afirma que la discusión sobre el tiempo tanto para producir los contenidos como para consumirlos es también la discusión sobre los criterios de calidad. No concuerdo para nada con que sea arbitraria la asociación que los periodistas hacemos entre la escasez de tiempo con la superficialidad, con carencia de valor y de calidad: en el día a día de nuestro oficio vemos constantemente que nuestros resultados son mejores cuando contamos con más tiempo y espacio, tanto para investigar como para escribir. Concuerdo aun menos con que un artículo de 3.500 caracteres de The New York Times es menos valioso que el que los resume, porque no solo entrega la misma información sino que lo hace más rápido. Afirmar que entramos a los soportes del futuro con las formas narrativas del pasado me parece desconocer por completo factores relacionados a la escritura, que ha estado en constante evolución desde las pinturas rupestres –o no habría doctores en literatura comparada– y también se ve influenciada por avances tecnológicos, sociales, económicos, etc. Además significa olvidar que contamos historias, las que se ven notablemente enriquecidas por el detalle.
Algunas historias resisten y hasta reclaman la brevedad. Esta nota de Mor.bo anuncia con toda claridad la
participación de Björk interpretando a una bruja en la próxima película de
Robert Eggers, incluso indaga en sus experiencias anteriores en el cine, y sigue siendo breve, perfecta para leer en el metro o en la fila de un Juan Valdez. En cambio perfilar seriamente al primer escritor mapuche en recibir el Premio Nacional de Literatura, Elicura Chihuailaf, no podría haberle tomado a Camila Larraín menos espacio del que le dieron en The Clinic, así como requiere una inversión de tiempo más grande su lectura. De manera similar, en “Snow Fall, the Avalanche at Tunnel Creek” el relato de John Branch justifica completamente 3.139 palabras y 15.289 sin espacios. Peleo por más líneas en papel desde la primera vez que publiqué en 2009, y aún no hablábamos de crisis. Estoy acostumbrado a la negociación con los diseñadores que siempre quieren fotos más grandes y más blanco en las páginas. Me parece que podemos aprovechar la web como un espacio donde no tenemos que sufrir esas restricciones. De hecho llevo varios reportajes publicando una versión para papel y otra extendida para la web, y habitualmente –ahora que yo mismo subo mis temas– armo galerías de fotos con el material que no se pudo publicar en papel.
En julio pasado falleció un gran arquitecto chileno, exdirector de la Cormu –organismo fundamental en las obras públicas de mayor vocación social en Santiago–, gestor de las piscinas Tupahue y Antilén así como de otros hitos importantes dentro del Parque Metropolitano. Cuando partí el reporteo para escribir un perfil de Carlos Martner ya llevábamos algunas clases del módulo y tenía en la mente algunos de estos ejemplos de periodismo narrativo actualizados y en combinación con soportes que permite internet. Entendí cómo habría aumentado el valor del artículo el haber contado con una imagen satelital de la situación de sus obras en el Parque Metropolitano con respecto a los accesos desde distintas comunas, permitiendo además una visión del proyecto paisajístico total. Tratándose de la pérdida de alguien que había significado una gran influencia para otros profesionales, testimonios en video habrían servido también para transmitir a los lectores la emoción en esas personas que lo conocieron y estimaron.
No cuento con las capacidades para desarrollar una propuesta de ese tipo, pero me lancé a diseñar una experiencia que uniera texto, imágenes en gif, videos y audios, la que encargué a alguien para lograr siquiera una visualización de estas posibilidades. Creo que hay muchas cosas que mejorar, pero podemos empezar a ver el potencial de ofrecer nuestros contenidos de una manera más transmedia a través de la comparación entre este prototipo y el despliegue real que tuvo el artículo en la web de MásDeco.
Las métricas indican que la semana de su publicación estuvo apenas en el puesto 5 de los más leídos, pero tuvo bastante reconocimiento en redes sociales por parte de profesionales interesados en la materia y organismos como el Colegio de Arquitectos. Me parece que no es necesariamente la extensión lo que va a hacer un reportaje o nota mejor o peor recibido, sino la capacidad de ser transmedia y de apelar a los intereses de las grassroots, como en este caso fueron los arquitectos, urbanistas, simpatizantes de ambos temas. Si simplemente se tratara de ser breves y ceñirnos a la pirámide invertida la fórmula sería demasiado fácil y no habría espacio para casos como el de Ciper, Revista Anfibia o Monocle. Creo que, como dice Henry Jenkins en “Cultura Transmedia”, nuestro desafío ahora es lograr propagabilidad; siendo nuestro tema fundamental en MásDeco el habitar y sus dinámicas y problemáticas –desde la escala más pequeña que es el hogar hasta la más grande que es el planeta–, nuestro nicho tiene todas las posibilidades de ampliarse, especialmente hablando y haciendo participar a comunidades ya constituidas, como los ecologistas, los que buscan soberanía alimentaria o solo aman las plantas (grupo que a diario crece sin límites de género ni edad), los que buscan oficios para dar equilibrio a sus vidas, los makers, los fanáticos de las tecnologías domésticas, etc. Todos vivimos en un casa o departamento, dentro de una comuna, una ciudad y un país que nos gustaría ver mejorar, siendo parte de un planeta que es imperativo proteger. La tarea que tenemos en frente es obtener capacidades para crear contenido transmedia que se infiltre en los ‘in between times’ de la audiencia o que refleje e interese a esos usuarios tanto como para invertir su ‘golden time’; para que incluso, si es posible, quieran usar nuestro contenido como su propia voz y lo propaguen en sus redes sociales. Porque finalmente –y esta es una de las más grandes revelaciones que he temido en el último tiempo- nadie comparte un artículo, un video o una canción para beneficiar al autor, tuiteamos y posteamos material de otros por lo que este dice acerca de nosotros mismos.
"Si volvemos atrás miles de años, las historias más importantes se contaban muchas, muchas veces alrededor del fuego, pertenecían a la gente", Henry Jenkins.


