19 enero, 2010

Samuel quiere ser bailarín

Cuando Rosa Castro cuenta la historia de cómo su hijo conoció el ballet y llegó a ser alumno de la Escuela del Teatro Municipal, le dicen que es como una película, que es como un cuento. Hay algo preocupante en esa reacción: que los niños de es escasos recursos alcancen las cosas que sueñan sigue sonando a ficción.





Ilustraciones de Catalina Varas


“No cualquiera puede llegar a ser un gran artista, pero un gran artista puede venir de cualquier parte”

Ego, el crítico (Peter O’toole) en “Ratatouille”



Acto I: Cuando Samuel descubre el ballet.

Personajes: Samuel Jeremías Jesús Emanuel Pino Castro de 10 años, hermano de Ulises Joaquín Alexander de seis, Francisca Andrea de 15, y Néstor de 20. Rosa Castro, 43, separada, la madre de los cuatro. Todos viven en una casa modesta de la Villa Wolf, comuna de Huechuraba, al norte de Santiago.

Como los cuentos para niños, esta historia comienza en un palacio. Uno construido en 1882, de fachada simétrica con ornamentación neoclásica francesa en cantería y estuco: el palacio que ocupa el Correo Central al costado norte de la Plaza de Armas.

Es viernes 7 de diciembre de 2007.
En el interior del Correo Central hay 200 personas leyendo correspondencia ajena. La mayoría son señoras con aspecto de abuelitas querendonas-consentidoras, caras blandas, peinados espumosos y lentes que cuelgan de un cordelito por detrás del cuello. Sobre blusas y vestidos veraniegos, visten pecheras rojas con letras blancas que dicen: “Ayudante del Viejito Pascuero”. Desempeñar ese cargo significa que deben leer, una por una, las 61.380 cartas que niños pobres de toda la Región Metropolitana le enviarán a él este año.
Lo hacen para evitar fraudes. Cuando las cartas pasan la prueba, les asignan códigos de barra y las depositan en enormes cajones de madera ubicados en el hall, donde benefactores anónimos pueden introducir el largo de sus brazos en profundidades de sobres, de todos los tamaños, formas y colores, hasta encontrar un niño o niña cuyos deseos de navidad cumplir.
Los hijos de Rosa les han traído lectura a las ayudantes las últimas dos navidades y hoy vienen con cartas recién pintadas para que lleguen a los cajones del hall. La (micro) 203 los trae desde Huechuraba hasta San Antonio con Merced. El camino hasta la Plaza de Armas es lento porque los chicos son traviesos y dan trabajo: que no se quieren poner la chaqueta, que quieren que les compren algo, que se empujan, se quitan juguetes, se persiguen y se escapan constantemente. Cuando llegan –poco después de las siete de la tarde– encuentran la calle Catedral y la explanada ocupada por graderías y cientos de sillas –que cubren el acceso al correo– orientadas hacia un enorme escenario frente a la municipalidad. Torres de iluminación y pantallas gigantes a los costados.
Rosa –morena, rulos y canas que se rebelan contra un par de trenzas sobre los hombros– controla la situación antes de que se desate el llanterío:

–¡Miren chiquillos, un escenario!

Con Ulises tomado de una mano, Samuel de la otra y Francisca siguiéndolos a pocos pasos desganados, se acerca a la multitud. Pregunta y le dicen que se trata de una presentación del ballet “Cascanueces”, el mismo que sale tan caro ver en el Municipal, que comenzará a las nueve, que será muy bonito, que busque un asiento. Nadie le cuenta –y probablemente pocos saben– que junto a las primeras figuras y al elenco, participan niños de entre 10 y 17 años que se están formando en la escuela que provee de nuevos talentos al Teatro Municipal.

–¡Hay bebida helada, hay bebida helada! –gritan los vendedores ambulantes.

La mayor parte de las 12 mil personas presentes no son el público regular del ballet. No necesitan serlo para apreciar lo que ocurre sobre el escenario. Desde las sillas al costado derecho, cerca de las palmeras, Samuel lo disfruta tanto que no presta atención a otra cosa.
Segundo cuadro, acordes in crescendo y sus ojos se quedan redondos de asombro viendo cómo el árbol en el centro del escenario, completamente iluminado, crece hasta alcanzar ocho metros de altura. Es una cuerda y cortes cada 60 centímetros los que permiten a la estructura de madera revestida con malla coloreada desplegarse por sobre las cabezas de los bailarines. Pero para los niños ahí, esa noche, es obra del padrino-mago Drosselmeyer.


Samuel no quiere irse. A pesar de que la temperatura baja y a su hermano menor le puede venir una de sus crisis de asma. A pesar de que su hermana se aburre. A pesar de que se hace tarde para tomar la micro. Y si no quiere irse no es porque esté atrapado por la trama o encandilado por la escenografía y los vestuarios. No quiere irse porque está impresionado con lo que pueden hacer los bailarines, especialmente con los saltos. Los bailarines de ballet tienen la facultad extraordinaria de detener el tiempo y quedar suspendidos en el aire cuando saltan. En ese momento sin gravedad pueden girar sobre sí mismos, juntar los pies, batirlos, cruzarlos o cambiar la posición de sus piernas. A Samuel le parece que vuelan y quiere volar como ellos.



Intermedio

Los siete meses y diez días entre la noche de “Cascanueces” y la primera clase de ballet de Samuel pasan lentos y sin mucha conciliación entre dos posiciones:
“Mamá, quiero ser bailarín”.
“Hijo, esas cosas son para la gente con plata”.
Rosa está convencida de que estudiar ballet es caro. Tan convencida que la primera vez que se decide a averiguar en la escuela ni siquiera se atreve a pedir que la dejen entrar. Le hace las preguntas al guardia. El hombre detrás de una ventanilla le indica los precios: 27 mil de mensualidad, 20 mil de matricula y 5 mil de centro de padres. No son las cifras exorbitantes que ella pensaba, pero aún así son difíciles de conseguir.
La segunda vez tiene mejor suerte. La recibe la secretaria. Rosa le habla de su hijo obsesionado con ser bailarín y ella le da una buena noticia: en la escuela, sólo las niñas pagan mensualidad. Le dice que traiga a Samuel bien presentado el sábado siguiente, le permite pagar la matricula en cuotas.
Samuel comienza el pre-ballet el 17 de julio de 2008. Antes de las 10 de la mañana está en el camarín, poniéndose una polera blanca, un pantalón corto verde oscuro y las calcetas blancas que Rosa le compró en la feria. Vestido así, la melena partida al medio y peinada con gel, entra a la clase de la maestra Gilda. Una hora y media después, Samuel sale de la sala con la cara inflamada de felicidad.
Los cinco meses entre su primera clase y las últimas del año son buenos. Ulises se contagia y empieza a bailar en el grupo de los más chicos, los de cinco años. Al papá y a la abuela de los niños no les gusta que anden metidos en estas cosas medio “raras”, pero Rosa –que lleva cuatro años separada de él– no le presta atención a sus prejuicios. Néstor, el mayor, los compartía al principio, pero ahora ve que esto les hace bien a sus hermanos.
Un día de los últimos de diciembre, Samuel tiene el numero 6 pegado en la polera para que los evaluadores en la audición puedan identificarlo y determinar si tiene las condiciones necesarias para entrar a primer año de la Escuela de Ballet, la que va en serio y al final de ocho años, si eres sobresaliente, te entrega el título de bailarín profesional.
Los resultados son publicados en marzo de 2009: Samuel es un niño de 10 años estudiando una carrera profesional.




Acto II: Cuando Samuel se convierte en Príncipe

Personajes: Samuel y sus compañeros del primer año de la Escuela de Ballet del Teatro Municipal. La maestra Macarena, el maestro Patricio y Luigui Santamaría, el pianista. Los padres y familiares.

Como en los cuentos para niños, en esta historia hay príncipes y princesas. Tienen entre 10 y 13 años, vienen de todas las comunas de Santiago –pocas veces de las más ricas–, sus padres son de todo menos reyes. Pero acá en la escuela, en la clase de técnica académica, la maestra Macarena los quiere así: con aplomo y postura de nobles, de héroes y heroínas. Las princesas son 18 y pagan mensualidad y matrícula. Los príncipes son cuatro y por eso, porque son pocos y hay que cuidarlos, pagan sólo matrícula. La escasez de príncipes es un problema de proporciones globales. Lo sufre hasta la Real Academia de Ballet de París –la primera en todo el mundo, fundada por Luis XIV en 1661– cuyo récord de postulación masculina se registró en 2001 con 50 niños –contra 300 niñas– que salieron de los cines donde se exhibía la película “Billy Elliot” con ganas de ser bailarines.
La historia de la nuestra, que funciona en un edifico antiguo en la esquina de Moneda con Tenderini, es mucho más breve: Irene Milovan, yugoslava, graduada en la Ópera de Zagreb, llega en 1958 con su esposo, Octavio Cintolesi –fundador del BAM (Ballet de Arte Moderno)–, se convierte en primera bailarina y, con el propósito de formar talentos para el Ballet de Santiago (ex BAM), funda la escuela en 1960. Hoy los alumnos –libres y regulares– son alrededor de 450. Llegan desde los cinco años al pre-ballet, pero los que se preparan para convertirse en bailarines profesionales comienzan a los 10 los ocho años que dura la carrera. Aquí aprenden danzas de carácter e históricas, pas de deux, puntas, historia de la danza, canto, música, tap, entre otras cosas. Pero al principio, lo más importante es la técnica académica: las posiciones y movimientos básicos del ballet. Las mismas que estableció la escuela madre que fundó en París el “Rey Sol” hace 348 años.

Es 25 de noviembre de 2009. Seis de la tarde.
El Salón Tenderini, amplio y bien iluminado. Donde no van espejos o ventanas las paredes son blancas. Los pisos de linóleo grisáceo y brillante. Apiñados en sillas y bancas, alrededor de 50 adultos sostienen cámaras y celulares, listos para capturar recuerdos. Si el orgullo y la chochez fueran como el helio, estarían todos pegados al techo, a casi tres metros de altura. Mallas celestes, medias blancas, moño tan-tenso-que-estira-la-cara, las niñas entran primero. Las siguen los niños, pantalones cortos de lycra negra, camiseta y calcetines blancos, gel a destajo. Todos usan zapatillas de ballet, de ésas que cuestan siete mil quinientos pesos en la tienda de Sara Nieto. La realeza miniatura, ordenada de la más alta al más bajo, toma posiciones. Al saludo, niños y adultos responden al unísono:

–¡Buenas tardes maestros!

Un breve discurso del director de la escuela, el maestro Patricio Gutiérrez, dos reverencias de los niños y comienza la clase de exhibición para los familiares. Macarena Montero, piel blanca y figura estilizada, llegó sola a los 14 años para aprender más y un día volver a enseñar a Osorno. Ahora tiene 26, sigue en Santiago y es la maestra del primer año. Pronuncia cada una de las sílabas con dicción musical, limpia.

–Trabajo de barra –anuncia solemne.

Sus alumnos se aproximan a las barras que cruzan tres de los cuatro muros del salón. El cuello en alto, mantienen la vista fija en la porción de pared o espejo que les toca en frente. Todos adoptan la primera posición de pies (una línea paralela a la de los hombros, los talones tocándose). Los brazos en bras bas (abajo y ligeramente curvados). Con una inclinación de su cabeza, lenta, ceremoniosa, la maestra le indica al pianista sentado a un Yamaha eléctrico modelo Clavinova que puede comenzar. La música inunda la sala sin cubrir por completo los clicks de las cámaras que se disparan constantemente. La maestra dice battements tendus desde primera posición, dice demi-pliés y grand pliés, dice battements tendus desde quinta posición y, aunque algunos se adelantan o llegan tarde al movimiento –y tienen que mirar al de al lado para recuperar la sincronía–, todos interpretan esos sonidos –de un idioma que no dominan– como ordenes directas para que sus cuerpos se muevan de formas que ya están grabadas en sus huesos. Huesos blandos, en la edad ideal para moldearse y adaptarse a exigencias imposibles para el cuerpo humano no entrenado.
Samuel es el segundo en la fila de la derecha porque es bajito: 139 centímetros. Aún no le llega “el estirón” que espera ansioso. Quiere ser alto como su hermano Néstor, que además es fuerte. Tanto como para cargarlo a él y a Ulises, como para derribar a un asaltante de un cabezazo, como para sacar a su papá de la casa cuando no quedó otra. Pero sobre todo quiere crecer para saltar más alto, como los bailarines en las fotos que decoran los pasillos de la escuela. Por lo menos ya no es tan flaco como antes. Ahora pesa 25 kilos y el médico dice que le faltan pocos para alcanzar el peso que le corresponde. Ésa es una de las cosas que están cambiando en Samuel desde que baila, pero hay otras, más las profundas, que tienen a Rosa feliz y agradecida: “Antes no obedecía, se portaba mal, decía groserías, era un niño problema”. El ballet no sólo cayó del cielo para mantener a sus hijos alejados de las drogas, las armas y las conductas que les arruinan la vida a muchos niños de barrios humildes como el suyo, también le ha dado una formula casi infalible para negociar una buena conducta: “hazme caso o no hay ballet”.


Pero a veces Samuel no puede evitar distraerse ante estímulos irrelevantes, o no escuchar, o no seguir instrucciones: déficit atencional. A veces no puede evitar saltar o correr en situaciones inapropiadas, o experimentar dificultad para mantenerse sentado: hiperactividad. Samuel –como Ulises– tiene ambos problemas en un grado leve, que viene disminuyendo desde que se expone a este ambiente de disciplina, rigurosidad y actividad física. “En la audición se miden factores como elongación, coordinación, flexibilidad. Todas esas condiciones se pueden observar en el alumno desde muy chico. Eso es lo que Samuel tiene muy natural”, opinaba la maestra Macarena algunos días atrás. “Pero tiene que concentrarse y madurar”.
Ahora, en la exhibición, termina el trabajo de barras y sigue el de centro. Samuel trata de concentrarse aún con todas las cosas que pasan por su cabeza. Cosas que pasan por la cabeza de Samuel: mantener la vista al frente y el cuello alzado. Ulises que quiere tomarle fotos y se acerca demasiado. Los alfileres imaginarios que según la maestra deben mantener sus hombros rectos. El hilo invisible que según la maestra debe mantenerlo vertical y alargado como si colgara del techo. La picazón que lo hace mover la nariz como la Hechizada para no tocársela. El periodista que lo mira y toma notas. Hacerlo bien, incluso con todo esto en su cabeza.
Llega el allegro y Samuel se luce dando saltos desde el fondo del salón hasta donde están el público, Francisca, Néstor afirmando a Ulises y Rosa conmovida hasta el llanto. Sus hijos mayores le dicen cosas al oído y tratan de contenerla con abrazos, ligeramente avergonzados porque es la única llorando.

–Me retan porque me emociono, pero yo lo traigo todos los días, lo espero afuera –Se disculpa Rosa, removiéndose las lagrimas con las manos–. No pensé que lo hacia tan bien.

La mayoría de las familias en esta sala no tiene el nivel de ingresos que la gente fuera de este edificio se imagina. El glamour de las noches de estreno en las páginas de vida social, de los palcos y las damas enjoyadas es mucho menos cotidiano en la vida de los bailarines que el esfuerzo, la disciplina y el dolor físico. Rosa lo sabe ahora, pero no puede evitar emocionarse recordando lo lejano que se veía todo esto la primera vez que Samuel le dijo: “Mamá, quiero ser bailarín”.
Pero aquí está Samuel, haciendo las reverencias de rigor al final de una presentación. Recibiendo aplausos. Sonriente.

***

Ha pasado una semana desde la clase de exhibición y Samuel es uno de los niños seleccionados para estar en el cuadro de la fiesta de navidad en “Cascanueces”. Los ensayos comienzan el martes 8 y terminan con un ensayo general –con orquesta, vestuario y público invitado– el martes 15. Las funciones regulares comienzan al día siguiente e incluyen una en la Plaza de Armas el sábado 19.




Coda

Aplauden a rabiar. Cuando el telón cubre el escenario como una marea de terciopelo rojo, espeso, gritan: “¡wuuuuh!”, gritan: “¡bravo!”, y aplauden.
Hubo una fiesta de navidad. Hubo regalos y entre los regalos un muñeco que se transformó en príncipe. Hubo una batalla entre los soldados del príncipe y el ejército del rey de los ratones. Hubo viajes por el reino de las nieves, el reino de los juguetes y el reino de los dulces. Y todo sin una sola palabra.
El terciopelo se recoge otra vez y el elenco sale a recibir la ovación del público. Llegan saltando en grupos: los ratones, los gnomos, las flores, los rusos, los chinos, los españoles, los soldados. Los más vitoreados son los protagonistas: Clara, Fritz, el príncipe Cascanueces, la reina de los dulces y sobre todo el mago Drosselmeyer.

Los niños que estuvieron en escena se cambiaron de ropa para poder ver el segundo acto y ahora aplauden desde sus asientos. Aunque ensayó casi toda la semana, Samuel no está con ellos. Hace una hora y media comía ramitas sentado en las escaleras de la escuela. Mientras todos salían apresurados para no perderse el ensayo general, él, su mamá y Ulises esperaban que llegara Néstor para volver juntos a su casa. Parecía que no le importaba haber salido del montaje.
Más tarde ese mismo día, desde un teléfono publico, Rosa cuenta que se puso triste cuando llegó a la casa.
–Yo pensaba que no lo afectaba, pero igual tiene un poco de pena. Pero tiene que saber comportarse. Se puso a jugar con las espadas y no le aguantaron. Cuando no pudo ir a ensayo porque le dolía la guatita lo sacaron altiro. Se veía tan lindo con pantalones cortos, una chaquetita corta con colita y una camisa con vuelitos, como los niños antiguos. Pero es chico y es hombre, le dijeron las maestras que va a tener muchas oportunidades para estar en otras obras.





1 comentario:

Catalina Varas dijo...

Es una historia muy emotiva y hermosa, bellamente redactada. Gracias por compartirla y por elegirme para ilustrarla. Besos.